
Influyó de forma determinante en las ideas de la Revolución Gloriosa y la Declaración de Derechos Británica de 1689.
Locke fue uno de los grandes ideólogos de las elites protestantes inglesas que, agrupadas en torno a los whigs, llegaron a controlar el Estado en virtud de aquella revolución; y, en consecuencia, su pensamiento ha ejercido una influencia decisiva sobre la constitución política del Reino Unido hasta la actualidad.
Defendió la tolerancia religiosa hacia todas las sectas protestantes e incluso a las religiones no cristianas; pero el carácter interesado y parcial de su liberalismo quedó de manifiesto al excluir del derecho a la tolerancia tanto a los ateos como a los católicos (siendo el enfrentamiento de estos últimos con los protestantes la clave de los conflictos religiosos que venían desangrando a las islas Británicas y a Europa entera).
Locke defendió la separación de poderes como forma de equilibrarlos
entre sí e impedir que ninguno degenerara hacia el despotismo; pero, al
inclinarse por la supremacía de un poder legislativo representativo de la
mayoría, se le puede considerar también un teórico de la democracia, hacia la
que acabarían evolucionando los regímenes liberales. Por legítimo que fuera,
sin embargo, ningún poder debería sobrepasar determinados límites (de ahí la
idea de ponerlos por escrito en una Constitución).
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