Tal vez la actualidad de que goza hoy Locke se deba a una extrapolación de los conceptos claves de su pensamiento político.
Locke fue el legitimador y el teórico que sirvió de justificación a la Revolución Gloriosa de 1688. Una revolución sin sangre que volvió irreversible el régimen parlamentario y enterró a las monarquías absolutas en Inglaterra.
Con su teoría política se consolidaron los avances del movimiento liberal de los whigs. “Sus ideas influyeron sin duda en el pensamiento revolucionario del siglo XVIII”.
Locke defendía la libertad, pero la libertad concebida como libertad de empresa y de apropiación mediante el trabajo. Dicha libertad llevaba consigo unos límites que no sólo quedaban tocados por el mercantilismo de los Estados nación. También las utopías nacidas a raíz de la revolución francesa y de su primera crisis, trajo consigo un imperativo que se oponía a esta defensa de la libertad. Los teóricos sociales del XIX eclipsarán la influencia intelectual de Locke , para hacer emerger al poder político encarnado en el Estado como una solución de racionalidad y planificación de la sociedad.
En la actualidad hay una derecha que reivindica a Locke por lo que tiene de fundador del liberalismo. Pero olvidan que, en su tiempo, justificó como muchos otros la esclavitud y tan sólo fue partidario de la igualdad de los propietarios. Nada de Estado social de derecho, que entonces no existía ni podía existir.
Sus ideas son nuevamente estudiadas y, podemos comprender el gran error que ha supuesto el exceso de un intervencionismo estatal en la vida de los individuos. Pero también hay que diferenciar entre el poder absoluto de las monarquías del s. XVII y los modernos totalitarismos del siglo XX. Ni la concepción del sujeto es la misma ni tampoco la del poder. Los totalitarismo del siglo XX (Tercer Reich, URRSS, China de Mao, y las dictaduras latinoamericanas) son un ejemplo de ese exceso que incumbe a la apropiación de una maquinaria estatal, pero también mediática frente a la libertad del individuo, auténtica base de la sociedad moderna.
Hay que celebrar que un clásico del pensamiento vuelva otra vez a la vida intelectual, pero también hay que guardarle el respeto que merece su distancia histórica, para comprender realmente sus propuestas y su riqueza teórica.
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